Todos necesitamos respuestas y las andamos buscando en una locura tremenda como quien ha perdido un anillo magico. Por que esto, por que aquello, por que me ama, me odia, me paga, me mira, como hago para rendir mejor en el trabajo, que hay detras de la muerte, la tierra es redonda o convexa... Mas alla del cuestionamiento que nos invada, de si es absurdo o no, son las historias las que mejor saben llenar nuestras ganas de saber.
Hemos explicado todo a partir del relato, oral o escrito, y nos hemos estructurado socialmente alrededor del fuego (me gusta la imagen de la comunidad reunida en torno al fuego, es algo que me conduce a lo magico y primigenio). No importa si se requiere una respuesta concreta que se sustente en datos constatables o si la alternativa para lograr la paz momentanea de esa curiosidad de saber se resuelve con conceptos que se soportan en otros conceptos, lo que importa es que el discurso te brinde una sensacion de concluyente descanso.
En algunos casos la ciencia nos otorga un relato mas convincente, "racional", que parece perdurar hasta que otro mejor llega y lo remplaza. El ejemplo: la tierra fue plana y luego redonda, luego nos demostraron mil veces que es redonda. En otros casos elegimos voluntariamente olvidarnos de la ciencia para apostarle a lo fantastico, porque sencillamente esto, inverosimil o descabellado, nos llena de mayor felicidad. Viva la tierra convexa!
Esta necesidad de respuestas muchas veces se sustenta en el narrador oral, el fabulador, el escritor, cuentero, griot, rapsoda, palabrero, bardo, trovador, aedo, paye, sacerdote, juglar, cuentacuentos... Son tantas las palabras semejantes que nos demuestran el papel nunca ausente del individuo que se erige como embajador de la palabra y al mismo tiempo poseedor de una verdad. Por supuesto, hablo de una verdad que se sustenta en el relato mismo y que nunca requerira de una aprobacion diferente a la que se brinda desde el mismo mundo configurado. Quien puede negar que Caperucita roja salio viva de la panza del Lobo? Es mas, quien puede negar que el Lobo queda vivo y con indigestion despues de semejante remendada de panza? Nadie, porque en ese bosque, en ese mundo, eso es absolutamente posible.
De esta manera, sin pedirlo, sin quererlo, sin aprobarlo, caimos en las fauces de los relatos siempre alimentados por nosotros mismos (es imposible dejar de pensar en Yuval, en su libro Sapiens). Como olvidar los relatos que se gestaron en Europa y que se desplazaron por Occidente en forma de oralidad y escritura? Como quitarnos de la mente a Jonas escupido en una playa o al Pinocho de Geppeto? Imposible! Tan imposible como quitarnos de la cabeza que Simbad el marino, Ali Baba y los cuarenta ladrones o Aladino son parte de las Mil y una noches; aunque desde el principio nunca lo fueran. Y esta contundencia es la que nos convoca a elegir frente al diente caido de un nino el relato del Raton Perez; ante un regalo bajo el arbol, la historia de cooperacion entre el Nino Dios y Papa Noel.
Porque las historias nunca se borraran de nosotros, porque hacen parte de nosotros mismos, nos hicieron lo que somos y nos perseguiran hasta que se vaya la vida o se borre la memoria.
Recuerdo el cuento de un hombre que contaba historias todos los dias bajo un arbol y que solo era escuchado por un nino. Un dia el nino se hizo hombre y fue a despedirse del viejo porque se marchaba del pueblo. Despues de brindarse un adios, el joven hombre salio por fin del pueblo y antes de perderse para siempre quiso echarle un ultimo vistazo al viejo. Entonces lo vio, todavia bajo el arbol, contando sus historias. No pudo resistirse y regreso de nuevo, solo para lanzarle una ultima pregunta al contador de cuentos: por que continuaba contando si el, que era el unico cuya atencion le habia prestado en tantos anos, ya se marchaba para siempre del pueblo? Entonces el viejo le respondio que continuaria contando historias para que el viento, de vez en cuando, se encargara de llevar sus palabras al hombre que ahora se marchaba, para que nunca olvidara al nino que habia vivido en aquel pueblo. En que momento dejamos de honrar al nino que fuimos y a sus suenos cargados de historias?
En este punto podria atreverme a formular que durante un instante la imagen del viejo y el joven hombre invadio todo el pensamiento. Ahora bien, si esto que supongo es cierto, por que valoramos la importancia del cuentacuentos en esta serie de relatos y al mismo tiempo infravaloramos el poder de las historias en nuestra cotidianidad? Por supuesto, al margen de aquellos que transformaron su discurso en poder gracias al origen de lo institucional religioso o politico, nexo innegable tambien desde el comienzo pues el rito y el mito dieron la posicion y poder al palabrero, donde queda el papel del cuentacuentos en la sociedad contemporanea?
Hace un buen tiempo decidimos dedicarnos a la oralidad y constituimos a Santa Palabra, y la decision nos ha dejado varios aprendizajes. Hemos disfrutado llegando a escenarios impensables, juntas de gerentes, convenciones anuales, cumbres de embajadores, matrimonios, grados, y en cada una de esas intervenciones nos hemos preguntado si por todos los asistentes es valorado el fenomeno, si el que nos escucha permite que las palabras lleguen para sembrar imagenes mentales que detengan el tiempo. Esta pregunta nos ayuda a mejorar, a encausar muchas de nuestras decisiones. Por supuesto, la base de todo movimiento es ser feliz con lo que se hace, pero tambien existe el compromiso de mantener viva una tradicion que en muchos ha perdido relevancia, porque el viento nunca les llevo las palabras de un cuentacuentos.
Si lo que hacemos hoy es el mejor camino para mantener una tradicion: no lo sabemos. Si implementar la tecnologia al servicio del encuentro de un publico con el narrador de historias es lo adecuado o es sacrilegio: tampoco lo sabemos. Si la decision de hacer empresa para garantizar escenarios ideales y que comprendan el desarrollo digno del oficio es otro acto descabellado: quien se atreve a juzgarnos si es un acierto. Esta serie de dudas nunca nos ha paralizado y muchas veces nos ha servido para encausar el oficio y estar a la vanguardia. Detenernos a meditar nos ha servido para comprender mejor como hicimos el milagro entre tantas presentaciones. Esa duda (Socratica, por cierto), tambien nos ha brindado un poco de calma entre el peligro que conlleva el elogio y el aplomo necesario para continuar haciendo lo que amamos y aprendiendo.
Es por lo anterior que seguiremos contando historias, relatando cuentos, en Cali, en Colombia, en todo escenario virtual donde un hispanohablante nos reciba. Y si no habla espanol, le hablaremos desde el gesto, pero seguiremos sentados bajo el arbol, fabulando. Porque en esta causa nos inscribimos y porque en cada encuentro esta la oportunidad de reconocernos, de reir, de sonar colectivamente con gente que apenas vemos, de lograr en cada evento una experiencia exitosa y una fiesta de palabras que nos haga comprender que, mas alla de entretenimiento, el contador de cuentos cuida el camino que nos lleva de ninos a viejos.
Por supuesto, a esta altura del texto cabe otra duda razonable: hace cuanto no te cuentan un cuento? Si fue hace mucho, tal vez sea hora de hacer las paces con el cuentero.